Sairon. Cuentiembre día 22

Sairon aplaudió a sus compañeras. Era muy meritorio que tanto Caryanna como Ottavia hubieran llegado hasta el final. Ella en cambio se había quedado muy por detrás, pero sabía que había hecho todo lo que había podido y le bastaba para sentirse más que satisfecha. Subió al escenario, alentada por los últimos ánimos de Ottavia, una vez más.

“Se sentía extraña. Recordaba muchas cosas, la ira, la tristeza, la ansiedad por la cantidad de cosas que tenía por hacer,… y finalmente un miedo hondo y atroz que era incapaz de expresar con palabras. Los últimos meses habían sido terribles hasta que tuvo lugar aquella noche. No había nadie presente, pero la alarma hizo que en pocos segundos una enfermera se personara en la habitación para salir corriendo e ir a buscar al doctor. No había prisa en realidad. Ya no.

Ahora todo era extraño. Infinidad de cosas que lo eran todo ahora carecían de la más mínima importancia. Y otras en las que nunca había reparado… De pronto echaba de menos sentir la reconfortante calefacción la habitación. El tacto de la agradable manta de lana que le habían regalado semanas atrás, tras quejarse de que pasaba algo de frío por las noches. Y, por otra parte, toda su ira y frustración acumuladas tras saber que no había nada que hacer para salvarla, se habían desvanecido como una burbuja que explora en el aire sin dejar rastro.

— No es… lo que me esperaba —musitó para sí misma.

¿Y QUÉ ESPERABAS?, dijo una profunda voz a su lado.

No, “decir” no era adecuado para describirlo. Pero las palabras estaban ahí, de alguna forma se habían abierto paso hasta su cabeza. No había sido consciente de que estaba a su lado hasta entonces, pero ahora que la veía, era una figura inconfundible. Casi encontraba decepcionante que fuera tal como uno podría imaginarse a la personificación de la muerte. Vestía una túnica negra de la cual sólo se veía la calavera que tenia por rostro y la mano huesuda que asía su guadaña. Dos tenues luces azules ocupaban el espacio donde deberían haber estado los ojos. La Muerte la miró, aún esperaba una respuesta.

— Pues… no lo sé. Una luz brillante, ver a mis antepasados, esas cosas —dijo al fin—. O nada en absoluto, era otra posibilidad… ¿Qué?

OH, NADA. SIMPLE CURIOSIDAD.

— Bueno, sobre tu aspecto sí que me había hecho una idea bastante buena —entonces frunció el ceño, o lo hubiera hecho en caso de tener un ceño que fruncir—. Demasiado buena de hecho. ¿No será esto una mala pasada de mi cabeza?

ME TEMO QUE NO, replicó la Muerte, DE TODAS MANERAS, CUANDO UNO ESPERA SU HORA, MÁS TARDE O MÁS TEMPRANO, ACABA ACERTANDO.

— Tiene lógica supongo —repuso ella aceptándolo con más facilidad de la que habría esperado—. Bueno, ¿y ahora qué?

PUES QUIZÁ UNA LUZ BRILLANTE, VER A TUS ANTEPASADOS, ESAS COSAS.

— ¿En serio? ¿Eso también sucede así?

¿PREFERÍAS LA OTRA POSIBILIDAD?

— No, para nada —contestó rápidamente, entonces se dio cuenta de que empezaba a desvanecerse—. Y esto… ¿Esto es normal?

SÍ, OS OCURRE A TODOS, respondió con tranquilidad, A PARTIR DE AHORA, LO DEMÁS ES COSA TUYA. TRATA DE DISFRUTARLO.

No sonaba tan terrible después de todo. Tanto preocuparse para esto. Menuda forma de perder el tiempo, ni que le hubiera sobrado precisamente. La vida hubiera sido más alegre, especialmente aquellos terribles últimos meses, si no se hubiera dedicado a preocuparse por lo que no hacía falta realmente. Aprendía aquella lección un poco tarde. Pero mejor tarde que nunca. Ya no volvería a preocuparse por lo que estuviera por acontecer.

Y así fue cómo el fantasma de la chica se convirtió en una brillante mota, que la Muerte recogió y guardó bajo su túnica. No siempre se requería su presencia real para aquellas cosas, pero hacía tiempo que no pasaba por esa ciudad. Y era una excusa tan buena como cualquier otra para acercarse a un restaurante, dos calles más abajo, donde servían un curry de quitar el hipo.”

Y con aquel extraño relato, Sairon hizo una última reverencia a su público. Las Noches de Narradores tocaban a su fin por el momento. Pero los parroquianos de aquel bar sabían que los relatos nunca terminaban del todo en aquel lugar, hecho por y para las historias. Aún quedarían muchas cosas por contar.

UN RELATO CURIOSO, dijo una figura junto a la barra, cuando Sairon se acercó a pedir la última cerveza de aquella noche.

— Espero que le haya gustado —dijo con una sonrisa un tanto avergonzada—. No he estado muy inspirada con los últimos, pero es que es verdaderamente agotador.

NO LO PONGO EN DUDA. EN CUALQUIER CASO, ME ALEGRA HABER PODIDO QUEDARME HASTA EL FINAL, sacó un extraño reloj del bolsillo, TENGO UN COMPROMISO EN BREVE, ME TEMO.

— Curiosa hora para un compromiso… —comentó Sairon extrañada, mientras jugueteaba con un posavasos. Al ver que hacía gestos a Iván para que le cobrara, intercedió—. Oh, descuide. Ya que tiene prisa, hoy le invito yo.

OH, NO TIENE POR QUÉ MOLESTARSE.

— No es ninguna molestia, me alegra que haya asistido a nuestro #Cuentiembre —replicó con una gran sonrisa—. Espero que se lo haya pasado bien y vuelva a vernos la próxima vez.

MUCHAS GRACIAS ENTONCES, sonrió a su vez, SIEMPRE HABRÁ OCASIÓN PARA QUE ME ACERQUE DE NUEVO POR AQUÍ.

— Me alegra oírlo. ¡Hasta la próxima entonces!

ADIÓS.

Un tipo extraño, extraño en un sentido que Sairon no sabría definir… Pero parecía majo.

 


En esta entrada se hace un deliberado homenaje, en la humilde medida de mis posibilidades, a la Muerte del Mundodisco, de Terry Pratchett. Un grandioso personaje de un no menos legendario escritor al que, si por fortuna ha llegado a estas líneas alguien que aún no le conozca, le animo encarecidamente a que se asome por cualquiera de sus libros. Cualquiera.

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Ottavia. Cuentiembre día 30

Apenas había llegado a la mesa donde estaban sus amigos con su cerveza, cuando Caryanna, sin dejarle sentarse, la miró y le indicó el escenario con el índice. Ottavia suspiró, ya se había rendido. Su cupo de ideas había sido quemada con el último cartucho.
—Sube ahora mismo, y cuenta la historia de las alcantarillas apestosas y el pavo real pijo.
Casi se atraganta, mientras puso los ojos en blanco. ¿En serio? ¿Quería que contase una cosa así de enrevesada? ¿No le había valido con los pepinos? Suspiró, dejó la botella de cerveza y enfiló de nuevo al escenario. Saludó de nuevo al confundido público.
—Ya, ya, sé que me acabo de despedir, pero es que semehaocurridounaidea.
Inspiró por la nariz y se rascó la frente, nerviosa.

“Jael llevaba un sol azul buscando a su espécimen. ¡Un sol azul! Eso era imperdonable. Encima el muy maldito se había metido entre las cloacas. Ya había sido mala suerte que hubiera escogido el sol púrpura para “volar” y caerse de la plataforma. ¿Por qué creía que podía volar? El maldito pavo real se creía que podía ser y hacer lo que él quería, ¡pero no era así! Su pelaje no era real, su sonido era inventado, por muy sugestivo que fuese. Toda su hermosura, la misma de la que el muy egocéntrico se encargaba de lucir y exhibirse, era sintética. Era una réplica exacta. Su tremendo colorido era maravilloso: con tonos verdes, azul iridescente, azul verdoso, y lleno de ojos misteriosos insertados en su poderosas alas con reflejos bronces y cobres. Era una obra de arte.

Se habían pasado cinco soles naranjas intentando reprogramar ese fallo que tenía en su sistema. Jael y su equipo habían intentado reproducir un espécimen de pavo real extinguido y todo había salido mal. Cuando creían que sólo se limitaría a exhibirse en el recinto-museo de la Tierra extinguida, el ejemplar se les escapaba y se pavoneaba por la avenida de la Estación, interrumpiendo el tráfico espacial. Se suponía que debía de ser un modelo simple de exhibición, pero no, él tomaba decisiones unilaterales porque su único objetivo era exhibirse. A veces le daba por extender todo su pelaje artificial en medio de las reuniones de la Ciudad-Estación, en las que aparecía de improviso e interrumpiendo. El problema era “cazarlo” porque era demasiado . ¿Por qué no contemplaron que utilizar estructura sólida, tanto para el exoesqueleto como para el pico, podría ser un problema? Zetael, su especialista en historia de la Tierra extinguida, le había insistido que su sueño de reproducir ejemplares extinguidos para el museo era una locura. ¿Por qué no le había hecho caso?

Jael llevaba ya dos soles azules por las cloacas. Temía por su pelaje y su maravillosa estructura. Nunca se había internado por ese área del planeta, ya que nadie vivía ahí. Eran las cloacas de la Ciudad-Estación: residuos malolientes, basura y a saber qué cosas pudriéndose se encontraban ahí. La peste era nauseabunda, menos mal que la tecnología le permitía buscar sin contaminarse y envenenarse, gracias a la cápsula. Totalmente nítida, podía incursar en las cloacas, pilotándola sin riesgo alguno.

Al tercer sol azul lo encontró. Estaba encajonado justo en la cumbre de una montaña de excrementos. Jael no consiguió distinguirlo en un primer momento porque era una cosa marrón, pero los sonidos encantadores y potentes captaron su atención. Acercó la cápsula hasta la “cabeza” del pavo real. Sacó las articulaciones para extraerlo, pero lo único que sacó fue la cabeza marrón, y  un exoesqueleto roto, con todo el plumaje destrozado y podre. Derrotado, e ignorando sus píos, Jael lo soltó y lo dejó ahí. Reconstruirlo costaría demasiado, y no estaba seguro de que fueran capaces de reprogramarlo bien para que dejara de escaparse o de exhibirse. En algún momento su energía se terminaría y dejaría de piar. Era mejor abandonar al primer y último espécimen de pavo real que habían creado.
—Supongo que este es el precio por revivir vida extinguida en vida no orgánica. Ha sido un desperdicio. ¿Quién me va a recompensar por un viaje de cuatro soles azules malolientes en busca de un egocéntrico que estaba convencido que podía volar y ser libre?
Jael redirigió la cápsula y puso rumbo a la Ciudad-Estación. Ya vería la forma de crear una réplica menos problemática para el Museo de la Tierra extinguida”.

Tosió al final, luchando contra sí misma por haber conseguido soltar aquello tan extraño para su audiencia. No estaba orgullosa del resultado, pero había conseguido el objetivo. Tendría que invitar a su amiga a uns ronda por la “vida extra” que le había proporcionado.
—Ahora sí, gracias por haberme acompañado durante estos días en el Coven. Ha sido un placer compartir las historias del Coven con todos vosotros. ¡Sed felices!

Bajó un poco a trompincones, y llegó a alcanzar a Sairon, palmeándole en la espalda.
—Ahora te toca a ti, que te esperamos. Si necesitas ayuda, nosotras te ayudamos.
Tras asentir con la cabeza a Caryanna para darle las gracias, se sentó con sus amigos ya más tranquila, dispuesta a deprimirse por el término de las vacaciones bebiendo su cerveza.

Ottavia. Cuentiembre día 29

Aplaudió con entusiasmo durante las intervenciones de Sairon y Caryanna. Tenía un poso de tristeza en ella. Habían pasado 29 días en el pub contando historias. Sí, ella se había saltado un día, pero las vacaciones eran las vacaciones y siempre tocaba usar el último día para viajar de vuelta a “casa”. Sí, entre comillas, porque dudaba que llamar a la oficina hogar fuera una buena idea. Echó un vistazo a su alrededor, curiosa. Prefería distraerse y pensar que no se iba a ponerse triste, porque este tipo de reuniones se daban pocas veces y ¡era divertido, porras! ¿Por qué las vacaciones no eran eternas? Tomó un trago de cerveza que había en la mesa y subió al escenario.
—El primer día que subí a este estrado, conté la historia de J.: un senderista perdido que llega a un cruce de caminos y se topa con una anciana en un banco. Por si alguien se le ha olvidado, la historia terminaba con J. “encantado” bajo el mismo hechizo de la anciana que comía un helado, y que lo transformaba en un anciano. El pobre J. era abandonado por la hechicera que se convertía en una niña que abandonaba a nuestro protagonista en un banco en medio de un cruce de caminos. ¿Más o menos os he centrado? Pues la historia tiene “segunda parte”. Y es esta.

“J. había estado contando los días desde que aquella abuelita indefensa le había engañado vilmente. Aún no había superado que tras sentarse para hacerle compañía y descansar de un merecido alto en el camino, la abuelita se había convertido en una niña cruel que lo había abandonado a su suerte. Él sólo había pretendido hacer un viaje en solitario, por caminos desconocidos, hasta su lugar de destino. Sólo había pretendido viajar solo, para conocerse mejor a sí mismo.
Llevaba 29 días atrapado en un cuerpo que no era el suyo. 29 días atrapado en un encantamiento extraño, que le convertía en un anciano. 29 días comiendo ese helado interminable, sin cesar. 29 días sentados en un banco en medio de la nada, en un paraje desolador, en un cruce extraño entre dos caminos bien diferentes.
J. miró a su derecha:la autopista perfecta y sin coches, bien iluminada y lisa, seguía ahí. Miró a su izquierda y pudo ver ese camino lleno de baches y de barro. Le dio un lametón a su helado de cucurucho que nunca se terminaba. En todo ese tiempo nadie había aparecido por ahí. Ni un avión, ni un desdichado perdido… nadie. ¿Cuánto tiempo estuvo esa cría atrapada en el cuerpo de una anciana? Prefería no pensarlo. La cuestión es que se sentía demasiado cansado y aburrido. No podía quedarse ahí para siempre, tenía que hacer… algo.

Con cierto reparo, dejó el helado sobre el asiento y se ayudó de sus encogidas y doloridas manos para ponerse de pie. Su columna crujió, así como sus rodillas y a duras penas logró mantener el equilibrio para no caerse al suelo. Sin embargo, lo consiguió. A pesar de que veía mal por uno de los ojos, su memoria estaba perfecta. Tras todo ese tiempo no pensaba quedarse quieto esperando. Aunque muriera, aunque sufriera, había tomado una decisión. Iba a ir por el maltrecho camino, e iba a avanzar sin parar hasta llegar a su destino o encontrar a alguien. No pensaba quedarse esperando más.
J.empezó a mover las piernas, como si tuviera dos bloques de plomo insertados en ellas, y el corazón empezó a latirle de forma frenética, haciendo que su respiración se volviera errática. No le importó. Avanzó dejando el helado interminable en el banco y apoyó el pie sobre el barro, con cuidado. Otro paso, otro más… Seguía avanzando sin mirar atrás, llenándose de barro y siéndole muy complicado apoyar un pie sobre aquella superficie resbaladiza. De repente, escuchó a su corazón de una forma que le asustó. Se detuvo de golpe y la vista se le nubló. No le dio tiempo a pensar, cuando se desplomó.

—Javier, ¿estás bien, tío?
Tuvo que parpadear varias veces hasta que logró distinguir el rostro de su mejor amigo. Parecía asustado, con la cara roja, y parecía haber otra persona tras él. De repente el cuerpo empezó a enviarle todas las señales: tenía frío, su corazón latía desbocado y necesitaba aire. Empezó a encontrarse desorientado.
—¿Qué ha pasado? —logró balbucear.
—No lo sé, tío. Estabas mirando ese papel, te has puesto blanco y te has espatarrado contra el suelo.

Javier logró sentarse en el suelo, magullado, con la ayuda de su colega y cogió el papel que este le dio. Seguía teniendo un frío helador y estaba más preocupado por comprobar si su aspecto seguía siendo joven o el de un anciano. Al mirarse la mano que había atrapado el papel entre sus dedos, reconoció su propio cuerpo. Entonces lo comprendió. Había tenido algún tipo de crisis y se había desmayado. Todo lo que había “vivido” había sido una macabra broma de su mente. Miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba en el pasillo de su facultad de económicas. Se había pasado el primer año de clase odiando a muerte la carrera, pero esa la su “misión” en la vida según sus padres: estudiar una carrera con salida. Vio a su amigo Álvaro ponerse en pie, asustadísimo, y salir al encuentro de unos tipos de uniforme que venían corriendo. Los ignoró y se concentró a mirar el papel. Era un folleto de la facultad de magisterio, invitándoles a ir a una ruta de montaña, con el objetivo de reclutar nuevos alumnos para la especialidad de Educación Física. Javier sonrió.

Ahora lo entendía todo. A veces el cuerpo era sabio y te obligaba a reflexionar. A veces el camino más fácil no es el más corto ni el mejor de todos. Una autopista puede contentar a todo el mundo, familia y sociedad, pero puede matarte por exceso de velocidad. A veces, ir por el camino solo, contra los elementos, pero luchando por lo que tú crees y tus sueños, puede herirte pero tiene un final mejor. A fin de cuentas, estar muerto no sirve de nada. ¿Por qué no luchar estando vivo?

Escuchó las voces, vio a un montón de gente alterada a su alrededor al ver a los paramédicos y a estos sometiéndole a un interrogatorio al pobre Álvaro más que a él. No importaba, crisis aguda de ansiedad o infarto, lo que realmente importaba es que había tomado una decisión: iba a vivir la vida que él quería”.

—No sé si se me ocurrirá otra historia a tiempo, pero, por si acaso, ha sido un placer estar en el Coven contando historias. También quiero dar gracias a Iván y a Ellie por su excelente trato culinario y a la audiencia por vuestra paciencia e interés. ¡Espero veros pronto! ¡Y a ver si más gente se anima a participar! ¡Gracias por todo!
Tras agradecer a la audiencia, bajó a la barra a pedirse la última birra de la jornada. Las despedidas se le daban fatal, así que lo mejor que podía hacer era estar entretenida.

Caryanna. Cuentiembre día 30

Aquel era su último día. La última historia que contaría en el Coven en una temporada y no podía evitar estar triste. Pero todo lo bueno se acaba. Cuando Ottavia terminó su historia de pepinos y Sairon también la suya, Caryanna subió al escenario.

–¿Quién quiere proponerme un último tema?

–Yo –una persona se levanta en primera fila–. Quiero una del encuentro de una técnico en un mundo postapocalíptico con un chico con alas sin memoria. Me llamo @PulpAndPirates

–Pues vamos allá.

“Neeraja se masajeó las sienes, tratando de despejarse, y luego se puso las gafas, asegurándose de que la cinta estuviera bien ajustada a su cabeza. Sabía que al cabo de un rato le molestaría y que a la larga le esperaba un dolor de cabeza, pero era mejor eso que quedarse ciega. A continuación, se colocó el casco, fijó los cierres y terminó de sellar el traje anti-radiación. Su ayudante de cámara se aseguró de que todas las junturas estuvieran cerradas y no hubiera ninguna brecha en el traje. Le hizo un gesto con el pulgar, indicándole que todo estaba en orden y podía salir al exterior.
La técnico respiró hondo, comprobó por última vez que el tanque de oxígeno estuviera lleno y el indicador no estuviera estropeado y asintió con torpeza. Su ayudante retrocedió, cerró la exclusa de la mansión y la dejó sola en la habitación. Neeraja sintió cómo su corazón se aceleraba, pero se dijo a sí misma que aquello sólo era una misión rutinaria más, como todas las demás que había hecho para el profesor, pero no podía evitar tener miedo cada vez que tenía que salir a hacer reparaciones. Cerró los ojos y avanzó hasta la puerta que daba al exterior y aguardó. Sabía que cuando todo estuviera listo el profesor y su ayudante la dejarían salir.
Le pareció que tardaba una eternidad en ocurrir, pero al fin, con un suave siseo, la puerta de deslizó hacia un lado y la luz de los dos soles entró en el antiguo recibidor de la mansión. Era hermosa, pero recordó que una podía freírse bajo aquella luz… Había una silueta recortada contra el vano de la puerta. Una silueta extraña…
Neeraja tardó un largo instante en darse cuenta de lo que estaba viendo realmente: un ser humano sin traje. Alguien caminando a plena luz del día sin protección, con los brazos y las piernas expuestos a los soles. El rostro al descubierto… Y algo cambió en la figura antes de que tuviera tiempo de asimilarlo siquiera: unas enormes alas verdes se desplegaron a su espalda. Alas extrañas, sin plumas, fulgurantes como si estuvieran hechas de luz o de cristal.
Neeraja se quedó sin aliento.
—¿Quién… eres? —balbuceó dentro de su casco, aunque sabía que quienquiera que fuese no podría oírla.

Mabiletsa entornó los ojos y los clavó en la figura que había aparecido en la puerta de la casa. No sabía quién era ni por qué vestía de forma rara. Hacía calor. ¿Por qué llevaba entonces aquel pesado traje extraño e inflado? No podía entenderlo. Él había caminado bajo aquella luz, buscando una sombra infructuosamente, intentando acordarse de a dónde iba sin lograrlo. Así que siguió caminando, bajo los dos soles. Era raro. No recordaba tampoco que hubiera dos soles. Recordaba un solo sol. Uno naranja. No el naranja y el blanco. Tampoco recordaba que la ciudad tuviera que tener aquel aspecto. Desolado y sin gente, con las casas con aquellas extrañas puertas y las ventanas selladas.
También se sentía extraño. Había algo raro en él y no lograba precisarlo. Le costaba andar recto y le fallaba el equilibrio. Pero había seguido andando porque no tenía otra cosa que hacer.
Así que, tras oír un siseo en el silencio, se había detenido y mirado hacia la casa de la que provenía. Pero era incapaz de entender lo que estaba viendo. Así que se quedó muy quieto y luego preguntó:
—¿Quién eres y qué hago aquí?

Neeraja miró a Mabiletsa y Mabiletsa miró a Neeraja. En aquel entonces ninguno de ellos lo sabía, pero de aquel encuentro fortuito en medio del mundo arrasado por la radiación, nacería una leyenda.”

#Cuentiembre

 

Sairon. Cuentiembre día 21

Aplaudió con ganas la historia de Caryanna y, a pesar de la cara de WTF que debió quedársele tras la siguiente historia de Ottavia, Sairon negó suavemente con la cabeza y aplaudió igualmente. Iba muy por detrás en el ritmo de historias que llevaban sus dos amigas, por lo que, aunque no sabía muy bien cómo recoger el ambiente que había dejado la última historia de su compañera, subió al escenario resuelta a no seguir perdiendo terreno mientras aún quedaran ideas en su cabeza.

“Se había encontrado con el percal a la vuelta del trabajo, incapaz de acceder a su casa a causa del cordón policial. Según iban llegando los vecinos de su bloque, todos tenían que pasar primero por un control, así que se puso a la cola, algo nerviosa por lo que pudieran estar buscando los agentes.

— ¿Qué ocurre? —preguntó al último vecino que estaba en la cola justo antes que ella.

— Es por lo de los pandilleros del otro día —contestó él—. Dicen que puede tratarse de una de esas personas… ya sabes… especiales.

Abrió los ojos como platos lo mejor que pudo, debía mostrarse sorprendida.

— ¿Uno de ellos aquí?

— Eso parece —bajó la voz—. Y yo que tú tendría cuidado con lo que digas al respecto, nunca sabes si te puede tocar alguno con un superoído de esos y vaya a por ti por ir diciendo según qué cosas de esa gente.

La chica asintió y se calló, su vecino volvió a mirar al frente. “Superoído… Ya, como si les hiciera falta con la cantidad de cámaras y micros que hay por todas partes” pensó. Habían dado el chivatazo y no tenía cómo huir. Decidió bajar la cabeza y confiar, una vez más, en la estupidez de los policías de aquella ciudad. “Quién me mandaría a mí coger atajos” pensó mientras la cola avanzaba lenta, pero inexorablemente.

Un par de noches atrás, volvía del supermercado. Su nevera estaba alarmantemente vacía y requería ir a por lo mínimo para aguantar hasta el día siguiente. Era de noche cerrado, pero contaba con un 24h a unos pocos bloques de allí. Al poco de salir de la tienda, empezó a caer un chaparrón de antología y decidió acortar camino atravesando las callejuelas de entre los bloques.

No era un buen barrio y menos aún a aquellas horas. Tendían a suceder… cosas. Y cuando estaba a medio recorrido, oyó unas voces hablar acaloradamente, las cuales terminaron en una semiautomática vaciando su cargador contra un pobre desgraciado que se había metido donde no debía. Igual que ella, que lo escuchó todo desde el callejón de al lado. Con la cantidad de charcos que había, sumado al carrito de la compra, era imposible huir de allí sin hacer ruido. Así que sin perder tiempo, se lo echó a la espalda y comenzó a correr.

La buena fortuna hizo que aquellos dos pandilleros no fueran muy listos y hubieran desperdiciado todas sus balas con aquel muchacho. La mala fortuna hizo que su nulo sentido de la orientación le jugara una mala pasada y acabara, sin saber muy bien cómo, en un callejón sin salida con sus perseguidores cortándole el paso.

Se volvió. Intentó decirles que no diría nada. Que a lo que ella respectaba, no había ni estado allí. Sólo consiguió que se rieran de ella y sacaran sendas navajas dispuestos a acabar con ella. Estúpidos, les había dado la opción de marcharse, de evitar todo aquello. Y ahora tendría que dejar de nuevo que la ira fluyera en su interior. Se había prometido no hacerlo nunca más, pero tenía que defenderse… y en el fondo… lo había echado de menos.

Y la defensa se le fue de las manos. Cuando quiso darse cuenta, los dos chicos estaban en el suelo, uno de ellos inconsciente y el otro gimiendo ahogadamente de dolor, ambos con una cantidad de huesos rotos más que considerable. Sólo las sirenas de la inminente llegada de la policía le hicieron reaccionar y huyó de allí, esta vez sí, logrando dar con el camino a casa.

Estaba segura de que no había sido vista. Casi segura. “No se puede tener certeza absoluta, ¿no?” pensaba inquieta, un leve temblor apareció en su mano izquierda. Sí, era una de esas personas especiales. Habían pasado unos pocos años desde que su existencia había salido a la luz y la paranoia se había apoderado de la gente normal. Sí, algunos usaban sus habilidades para sacar beneficio, no siempre legal o incluso moralmente. Otros se habían convertido en vigilantes, luchando contra el crimen inspirados por héroes de historias de ficción. Ella misma había formado parte de todo aquello, pero había decidido dejarlo y trataba de vivir clandestinamente. “Pero no podré… No mientras no me dejen en paz” pensó deduciendo cómo habrían dado el chivatazo. Por proximidad, era evidente a aquel hospital habrían llevado a esos dos. Allí habría saltado la liebre. Y estaba convencida de que, aunque había tratado de ocultarse, siempre habían sabido dónde estaba, sólo habían necesitado una oportunidad como aquella para obligarla a salir a la luz.

La cola avanzaba y pudo ver un poco mejor. Efectivamente, la policía era estúpida. El chivatazo al fin y al cabo no podía dar excesivos detalles. Si la nombraban con nombre y dos apellidos, automáticamente tras detenerla, lo siguiente que harían sería investigar la fuente. Pero suponía que sólo habían dicho que una persona con habilidades sobrehumanas había propinado aquella brutal paliza a los dos chavales. Quizá hasta habían intentado cargarle el muerto, quién sabe. Pero con esa información, la policía se estaba centrando en los vecinos más corpulentos. Aún no habían llegado al concepto de que para desarrollar una fuerza sobrehumana no era necesario un cuerpo de halterofilia. Con la cabeza gacha y su menudo aspecto, apenas repararon en ella.

Un par de días más tarde, estaba en otra ciudad, con un nombre nuevo y un nuevo aspecto. Se había cortado e incluso cambiado el color del pelo, y se ocultaba en otro barrio de mala muerte donde a nadie le apeteciera husmear en exceso. Aún no la habían atrapado, podría seguir ocultándose por un tiempo.

— Eso es lo que tú te crees —sonrió tras sus gafas la persona que no había dejado de monitorearla ni un sólo día desde que dejara su organización—. Pronto no te quedará más remedio que volver a acudir a nosotros.”

Sairon experta en dejar al público con la intriga, sobre todo cuando se le resistían los finales de sus historias, hizo una teatral reverencia y volvió de nuevo a su mesa.

Ottavia. Cuentiembre día 28

Ottavia aplaudió la historia de Caryanna, con ganas. Lo malo es que el final había sido un poco tétrico e indoloro y  lo que a ella le apetecía era contar historias graciosas. Su cerebro funcionaba mal cuando su estómago se atascaba y la visita al baño no lo había solucionado. En vista de que nadie iba a subir al escenario, y ya que le pillaba de camino, subió. Solo esperaba que nadie le echara del escenario o que no la dejaran subir nunca más tras contar el relato que pensaba contar. Pero es que a ella siempre le hacía tanta gracia…
—Antes de empezar, quiero decir que no me hago responsable de ningún trauma que podáis sufrir. ¡Avisados quedáis!

Dos pares de ojos mirando a la maceta. La planta parecía mustia y decaída. Todas sus hojas secas, encogidas. En la tierra, cuarteada, un par de hojas muertas estaban ahí tiradas, sin gracia. El tronco de la planta parecía un mero esqueleto triste, recién sacado de una exploración arqueológica. Dos manos estaban intentando hacer un nuevo trasplante a la otra maceta. La mirada de Alba a través de sus gafas de mentira estaba muy concentrada en el traspaso. Mario observaba la operación muy interesado, encogido y sentado en el suelo, a su lado. Traspaso realizado con éxito.

Dos pares de ojos seguían mirando a la nueva maceta. Pero la planta seguía igual de mustia y decaída. Los ojos de Alba parecían derrotados y tristes; los de Mario “terriblemente” culpables.  La maldita planta había amanecido de esa manera en el apartamento y nadie se explicaba qué podía había podido pasar. La de los tomates seguía viva y la susodicha también lo había estado por la noche, fresca y lozana. Inexplicable. Esa era la planta con más suerte del mundo. Siempre mimada. Y ahora estaba…
—Está muerta.
Mario miró a su chica, sorprendido ante su sentencia. Se levantó para observar mejor a la planta.
—¿No va a dar pepinos?
Alba negó con la cabeza, taciturna. Mario suspiró, porque se la veía realmente abatida.
— ¿Y ahora?
—Ahora la tiramos y centrémonos en la de los tomates. No quiero a ver a mi madre gritando que no tiene tomates —Alba cogió los restos del “cadáver” entre sus manos enguantadas para la ocasión y se desplazó por el apartamento para ir al cubo de la basura a tirarlo.
Mario se quedó quieto y sonriente, observando el vacío que dejaba la planta en el suelo, junto a la antigua maceta, ahora también vacía. “¡Por fin me quito a esa desgraciada de encima!”, gritó para sus adentros.

La noche anterior Mario la había regado con agua con lejía. ¿Por qué lo había hecho? En su escaso tiempo libre lo único que hacía su chica era prestar atención a la maldita planta (la de los tomates podría sobrevivir un tiempo, porque su suegra no podía vivir sin tomates). Que si podarla, que si vitaminas, que buscar sitios por la casa para que le diese el sol, que si quitándosela para que no se quemase, que si ir a la tienda de jardinería para comprar más chorradas para la planta… ¡Malditos pepinos! Así que… sí, celoso de la maldita planta y de la atención desmesurada que le robaba… había cedido a la tentación de matarla. Por fin su Alba dejaría de centrar la atención a los malditos pepinos… ¡Y volvería a centrarse en su pepino! Mario rió maquiavélicamente, con un puño al aire.

Mientras tanto Alba solo enterraba  a sus pepinos, prometiéndose a sí misma que algún día castigaría al asesino”.

Caryanna. Cuentiembre día 29

Caryanna estaba cansada de narrar, así que en cuanto vio que Sairon parecía lista para subir a escena le cedió encantada el sitio y se acurrucó en su mesa del rincón con un té caliente entre las manos. Cerró los ojos y escuchó las historias de Sairon y Ottavia en un placentero silencio.

Pero lo que pronto llega, pronto se acaba y cuando ellas acabaron nadie de sus otros amigos parecía dispuesto a subir, así que se armó de valor y volvió a escena.

—Bien, a ver, ¿a quién le apetece proponerme un tema?

—Hola, me llamo @Perroencendido y me gustaría una historia sobre una tecnología novedosa en un mundo aparentemente feliz pero que esconde un secreto oscuro.

Caryanna asintió pensativa. Era un buen tema, pero un poco largo para una historia corta, aunque quizá…

¡Implante Sinsueño! ¿Siente que no su día no tiene horas suficientes para hacer todo lo que desea? ¿Está harto de prescindir de horas de sueño para disfrutar de su familia? ¿Se siente agotado por las mañanas después de una mala noche? ¡Desde Norek Industries les presentamos la solución a todos sus problemas con el implante Sinsueño! Una nueva y revolucionaria tecnología que modificará la química de su cerebro y cómo funciona todo su organismo para que ¡no tenga que dormir nunca más! Se acabaron esas horas perdidas del día, horas en las que podría estar disfrutando de una película junto a sus amigos, horas en las que podría acabar ese trabajo pendiente imprescindible para su empresa, horas en que podrá estar con su familia y compaginar así, por fin, su vida laboral y personal. ¡Implantes Sinsueño es todo lo que necesita! ¡Porque desde Norek Industries nos preocupamos por usted!

Más de un año en el mercado y más de dos mil millones de unidades vendidas. Creo que la inserción en el mercado de Sinsueño ha ido tal y como esperábamos. Mejor incluso. Ahora nos queda lidiar con el tercer mundo, es un mercado sin explotar. Tal vez debiéramos plantearnos el abaratamiento del precio en esos mercados o el lanzamiento de alguna campaña de promoción. No sé, quizá un 3×2: mamás y papás, con dos implantes el del niño sale gratis… Algo así, por ejemplo.
Que se encargue marketing, pero sí, es un mercado al que debemos llegar. Cuanto antes. No podemos retrasar indefinidamente la actualización del software, los inversores podrían molestarse.

¿Cómo han sido las ventas del segundo año?
Algo menos de seis mil millones. En algunos países se ha implantado a la fuerza en los trabajadores. Ya sabes, los mercados no perdonan. Ha sido cuestión de competitividad y de productividad. Ha habido protestas sindicales en muchos países, sí, pero nada que nos deba preocupar.
¿Eso supone una inserción en la población de…?
No llega al 66%. Necesitamos un 80% mínimo. A ser posible un 90%. Habrá que reforzar esas campañas publicitarias y presionar más a los sindicatos. Sobre todo a los que representan a los anti-implante.
¿No hay opción de hablar con algún líder de opinión? ¿Algún famoso? ¡Hasta podríamos patrocinar una película o una serie de red! Algo que incite a la población resistente a implantarse.
Podemos intentarlo, pero yo creo que, a la larga, la pobreza y la pérdida de su puesto de trabajo lo harán por nosotros. Si no pueden mantener la productividad, no querrán contratarles. Libre mercado.

La llegada del Implante Sinsueño ha supuesto una transformación estructural de las economías a escala planetaria, tanto en el sentido de la movilización y redespliegue de recursos productivos hacia aquellas actividades que generan mayor valor añadido, por estar situadas en segmentos de mercado más dinámicos, como en cuanto a productividad, al tener lugar un fuerte cambio en todo el equilibrio entre oferta y demanda, pero no de bienes, sino de trabajadores.
Aunque en un principio la aparición de Sinsueño supuso un revulsivo para las economías desarrolladas, dado que al fin podían competir en productividad con los países de mano de obra barata, el cambio de modelo económico y productivo no tardó en extenderse por todo el globo. Esto último debido, sobre todo, al tremendo abaratamiento del Implante, conjugado con la activa participación de algunos gobiernos, como ocurrió en el caso de China. En cualquier caso, nos encontramos hoy día ante una sociedad completamente transformada donde el trabajo, y no el tiempo libre que se prometía hace no tantos años, ha acabado ganando la partida.

¿Creéis que se puede hablar ya de empezar con la actualización de software? Los inversores empiezan a inquietarse.
Los últimos datos indican que cerca del 90% de la población es ya ciudadano Sinsueño, así que yo diría que sí, que ya es el momento. No creo que debamos preocuparnos por el 10 restante. Es un porcentaje insignificante que no tendrá lugar propio. Está condenado a desaparecer.
¿Damos la orden?
Adelante.
Adelante.
Adelante.
Todos de acuerdo. Hay cuórum.
Nuestros inversores del espacio D estarán contentos. Ha sido la conquista planetaria más fácil en toda su historia de expansión. Y sin muertos. La población subyugada por voluntad propia.
Esto garantizará que nos vuelvan a contratar, desde luego.
Podemos estar satisfechos con el trabajo que hemos hecho en Sol, señores, muy satisfechos.”

#Cuentiembre

Ottavia. Cuentiembre día 27

Escuchó las historias de Caryanna, aprovechando que terminaba de comer. Aplaudió con ganas, ¡las tres le habían gustado mucho! Luego subió Sairon, y también aplaudió con ganas. Miró a su alrededor, comprobando si alguien se animaba a subir, pero parecía que no. Además, alguien tenía que relevar a sus pobres amigas. Su estómago protestó. Tal vez debía medir la cantidad de comida que metía, porque empezaba a notar el estómago revuelto. Sin lugar a dudas era momento perfecto de ir al servicio, aprovechando que debía subir al escenario. Ahora le daba cosa porque parecía que la gente esperaba a que ella hiciese lo mismo que Caryanna. Al menos Sairon había subido antes y ya había “reeducado” a la concurrencia. A ella no se le daba bien tanto improvisar historias sobre la marcha, así que iba a aburrir a su audiencia, se temía. Subió al escenario y carraspeó.

“Bei suspiró. Zae le daba la espalda, mientras enfundaba aquellos revólveres especiales en sus fundas de cuero. Esos revólveres no tenían balas. Mataban, pero sin balas. Toda la tecnología de Zae era extraña. La luz de las llamas de la fogata iluminaba la mitad de Zae, mostrando su larga y enmarañada cabellera carmesí, cubriendo parte de su sucia camiseta de tirantes negra, y a sus roídos y anchos pantalones negros. Si la observabas de espalda, Zae era corriente, vulgar, la clase de persona en la que no te fijarías más de dos veces.
Bei introdujo sus ajadas y maltradas manos en los bolsillos delanteros de sus destrozados y ensangrentados vaqueros. Su corazón le decía que debía detenerla, que podía detenerla y convencerla de que su plan era estúpido. Su cerebro le aseguraba que Zae tenía razón y que lo mejor era dejarla partir. Zae era calculadora, silenciosa y letal. Zae se había unido a la rebelión por puro interés. Y, una vez que había conseguido lo que estaba buscando, esas dos pistolas, pensaba abandonarles a su suerte.

“Nunca terminaremos esta guerra, si no le erradicamos. Tenemos que matarlo”, eso le había dicho esa misma noche con esa voz suya tan monótona y sin acento. Su buen amigo Haya le había advertido que no debía permitirse tener sentimientos. El viejo Kan, el líder de la rebelión, había sospechado de ella desde el primer día en que la reclutaron. A fin de cuentas, era la asesina a sueldo del gobernador de la región que habían conseguido mantener bajo control. De hecho, cambió de bando en una maniobra demencial. En cuanto invadieron la casa del gobernador, apareció ella con la cabeza del que había sido su jefe, decapitado, y la lanzó a los pies de Kan. A continuación, les dijo que el bando le era indiferente, que trabajaba única y exclusivamente por un sueldo. Bei vio su potencial como espía y convenció a Kan de que tenerla de su lado era la mejor opción. El líder sólo la había admitido porque Bei era su mano derecha y le había prometido que la vigilaría. Kan estaba convencido de que algún momento les traicionaría. Y ahora Zae se iba, supuestamente para traicionarles. Bei sabía, porque lo sabía, que Zae no iba a traicionarles. Sabía que ella no era como ellos. Podía verlo en esos ojos afilados de gato, en su legendaria mirada gris. Tenía un pasado desgarrador, oculto bajo puertas y puertas llenas de secretos, donde podía protegerse y ser Zae, la sin sangre.
—Cuando lo mates… ¿Qué ocurrirá?
Las llamas chispotorrearon por un viento inoportuno. Vio cómo giró el cuello, mostrando su perfil sin sentimientos. Bei quería salvar la distancia entre ellos, ponerse a su lado e irse con ella. Nadie debía enfrentar un futuro tan desolador en solitario, y mucho menos hacerlo con tanto peso de culpa. Los demás no podían verlo, pero Bei podía vislumbrarlo. Zae iba a matar al inmortal Dictador, porque podía. Bei sabía que Zae y El dictador estaban vinculados de algún modo. En el fondo de su corazón, sabía que esas pistolas eran el único arma que podían acabar con él.
—El mundo tendrá que reconstruirse otra vez, bajo las reglas del más fuerte.
Zae desapareció entre las sombras, como si nunca hubiera estado ahí, como si nunca hubiera existido. Su voz había sido como un quedo susurro metalizado, como una ráfaga de viento perdida. Zae estaba dispuesta a ser considerada traidora, a morir por la rebelión. Estaba dispuesta a perder la poca humanidad que habitaba en su interior por un futuro incierto. Estaba dispuesta a enfrentarse a su propia oscuridad con tal de alcanzar la esperanza. Zae era la más astuta y valiente de todos. Eso era algo que Kan no podía ver.
Bei sacó las manos de los bolsillos y las dejó caer a ambos lados, indeciso.
—Perdóname, Zae. Soy un cobarde.
Dio la vuelta, sin mirar hacia atrás. El momento de haber seguido a su corazón se había esfumado. Debía seguir a la razón, y seguir el plan: destruir el imperio y matar al Dictador”.

Le había quedado un relato muy extraño, pero por alguna razón le parecía decente. Saludó, agradeciendo los aplausos y se marchó en dirección al servicio.

Sairon. Cuentiembre día 20

Sairon peleaba contra sí misma, ya seca de ideas. Miraba con envidia a Caryanna, por ser capaz de sacar adelante una historia sólo con que le dijeran un tema. Ella necesitaba visualizarlo, rumiar aunque fuera una breve escena en su interior, pero esa escena era lo que la inspiraba y a través de la cual lograba sacar todo lo demás.

Pero, en aquel momento, estaba totalmente en blanco. Era como estar a punto de hacer un examen y no ser capaz de dar con ninguna respuesta. Esos exámenes solían suspenderse miserablemente, salvo una vez entre un millón en el que aparecía la idea feliz que te salvaba el día.

Esto era justo lo que acababa de pasar y Sairon se apresuró a tomar su puesto en el escenario.

“Llevaba 3 días vigilando el dojo rival. Conocía las rutinas de la gente del lugar, se había agenciado no muy lícitamente uno de los mandos que desconectaban la alarma y estaba preparado para asaltar el lugar aquella noche. Le demostraría a su maestro que estaba preparado.

Llevaba tiempo insistiéndole en que estaba listo para hacer el examen, que podría con cualquier prueba que le pusiera con tal de lograr aquel ansiado cinturón negro de ninjutsu. Finalmente, tras varias desesperantes negativas, aquella semana había accedido por fin a cumplir su deseo. Le dio la prueba que tenía que pasar y el plazo para ello.

Sólo tendría hasta aquella noche, pero había apurado tanto el tiempo porque quería ir bien preparado. Se trataba nada menos que adentrarse en el dojo rival y robar su emblema, por lo que toda precaución era poca. Si bien su labor de vigilancia había revelado que aquella gente seguía una rutina decepcionantemente estándar, dejando el local vacío por las noches con la mera defensa de aquella alarma. Una vez logró hacerse con un mando, todo sería coser y cantar y, por fortuna, nadie parecía haberlo echado en falta aún. Al día siguiente aparecería en una de las mesas del recibidor como si tal cosa, nadie sabría nunca lo que había sucedido.

Había pasado una hora desde que la última persona se había marchado. Era ya de noche cerrada, por lo que se puso el embozo para que nadie le reconociera por si había alguna cámara que no tuviera controlada. Accedió al local y desconectó la alarma. Estaba desierto. Los pasillos apenas estaban iluminados por las luces reglamentarias de emergencia. No necesitaba más luz que aquella y así no llamaría la atención.

Toqueteó las puertas de los despachos, todas cerradas con llave. No importaba, el emblema estaría en el lugar más visible de toda la escuela, el tatami. Encontró una puerta corredera sin cerradura de ninguna clase y, tras abrirla, ahí estaba, un flamante tatami de 20 metros cuadrados, con espejos en dos paredes contiguas, y espalderas y sacos en otro de los laterales. Se giró sobre sí mismo y vio que, junto a la puerta, había una estantería elevada con grandes trofeos y, colgado encima de todos ellos, el emblema de la escuela.

Sonrió admirando su botín y trepó con agilidad, asegurándose de que los estantes no cedían bajo su peso. Lo descolgó, lo admiró por un momento y luego lo envolvió con un paño de tela negra, para que el brillo no le delatara al salir. Era hora de irse. ¡Qué orgulloso iba a estar su maestro cuando lo viera a la mañana siguiente!

Salió y cerró la puerta, dejándola tal como la había encontrado, y caminó silenciosamente hasta el recibidor. Y fue allí donde 4 integrantes de la escuela rival saltaron sobre él, inmovilizándolo y atándolo. Vio cómo uno de ellos se llevaba su ansiado botín y, con él, sus esperanzas de pasar aquel examen. No lo entendía, lo había hecho todo con sumo cuidado. ¿Por dónde habían llegado? ¿Cómo habían tomado posiciones sin que les oyera en medio del sepulcral silencio de la escuela en mitad de la noche? Nada importaba ya, había fracasado.

Bip-bip.

Un whatsapp sonó en el móvil de la maestra del dojo al que habían intentado robar aquella noche. El teléfono era de uno de sus alumnos más aventajados, había enviado una foto mostrando al intruso atado y amordazado, y el emblema recuperado.

— Pues ya está, ya le han pillado —dijo mientras tomaba un trago de su cerveza—. La verdad es que no lo ha hecho tan mal, creo que te has pasado un poco.

Miró a su acompañante, quien reía por lo bajo mientras apuraba otra pinta.

— Le falta humildad. Y paciencia —dijo el maestro del incauto ninja—. Esto le enseñará a que estará preparado cuando yo considere que lo está, no cuando él lo decida por su cuenta y riesgo.

— Muy bien, seguimos con lo acordado —replicó ella negando suavemente con la cabeza—. ¿Lo dejamos en tu despacho, entonces?

— Será de las pocas veces que madrugue a gusto para ir a trabajar —rió él—. Y lo prometido es deuda, te debo una cena.

— No, se la debes a mis alumnos que son los que han hecho horas extras para pillar a tu muchacho. Y créeme —añadió con una risita—, en cuanto veas cómo zampan y no te digo ya lo que beben, te darás cuenta que la broma no te saldrá barata.

— Qué se le va a hacer —comentó encogiéndose de hombros—. Pero me parece justo.”

Orgullosa por haber dado por fin con algo que contar, Sairon bajó de nuevo a su mesa, buscando nueva inspiración para su siguiente historia.

Caryanna. Cuentiembre día 28

Caryanna empezó a bajar del estrado, pero no vio que sus amigas estuvieran preparadas para subir, de hecho parecían bastante dormidas, de modo que suspiró y volvió a ocupar su puesto no sin antes pedir una taza de té bien caliente para cuando acabara. Iba a necesitar un descanso después de la tercera historia seguida. Aunque la verdad era que aquella idea suya no estaba saliendo tan mal, después de todo.

—Bueno. A ver, la siguiente idea. ¿Quién quiere proponerme algo?

Una mano en primera fila.

—¿Y algo sobre vampiros de ideas que agotan a la gente?

Aquello sonaba interesante, muy interesante. Vampiros de… ideas…

—¿Me podrías decir tu nombre, por favor?

— @sorak3

Caryanna asintió. Tenía algo.

“Hacía meses que a Lesego le costaba concentrarse. Salía cada mañana para ir a su trabajo en el centro de Durban y apenas lograba prestar atención al trayecto, hasta tal punto que solía saltarse su parada. Pero llegar tarde a la oficina casi cada día no era lo peor. Lo pero era el agotamiento, el cansancio mental constante, la incapacidad de pensar con claridad que la llevaba a cometer error tras error en la contabilidad del banco. Habían sido tantas las llamadas de atención por parte la jefa de su departamento que empezaba a temer por su puesto de trabajo.

Ni ella misma sabía qué le pasaba. Nunca había sido así. Siempre había sido metódica y constante en su trabajo. Ya desde niña no necesitaba que le explicaran dos veces las cosas, se acordaba de todo, hasta de los más nimios detalles. Era extraordinariamente buena con los números, además. Ahora, sin embargo, era incapaz de detectar la más mínima discrepancia en una hoja de cálculo. No la veía ni aunque la tuviera delante, ni aunque estuviera marcada en rojo; su mente parecía fluir por encima de ella como si no existiera… y su último error, el de esta mañana, había hecho perder millones a un cliente. La coma no iba donde ella la había puesto. Así de simple.

La vergüenza le hacía arder las mejillas mientras su jefa le gritaba, completamente fuera de sí, incapaz de alzar la vista de sus elegantes zapatos de tacón de color negro. Podía entenderla, tenía toda la razón del mundo. Ni ella misma entendía por qué había cometido semejante error. Era un error de novata. No, pero aún, un error típico de un incompetente que no presta atención a su trabajo. Los gritos se hicieron más fuertes, porque no supo responder a la pregunta ¿por qué haces las cosas así de mal ahora? ¿Es que tienes algún problema mental? ¿En qué estás pensando? ¿Eres consciente de la cantidad de dinero que estás haciendo perder al banco con tus tonterías?

Lesego sintió cómo los ojos se le inundaban de lágrimas y deseó desaparecer. No dijo nada. Se quedó allí, callada, en silencio. Hasta que su jefa, con un resoplido final, le entregó la carta de despido.

Ese día, de vuelta a su casa antes de tiempo, sentada en el tren con el bolso sobre las rodillas y los zapatos de tacón colgando de una mano, Lesego lloró por fin, culpándose a sí misma, sin saber que la causa de todo lo que le ocurría estaba allí mismo, con ella, agazapada sobre su cabeza, completamente invisible a los ojos humanos, con sus finos colmillos incrustados en su alma, chupando, chupando, chupando hasta matar. Un vampiro de mentes.”

#Cuentiembre